Los antiguos y misteriosos Druidas

Druidas

Entre las órdenes religiosas de la antigüedad, una de las más evocadoras al tiempo que de las más desconocidas, es la orden de los Druidas, los representantes celtas de la cultura, la religión y la justicia. Poco se sabe a ciencia cierta de ellos, salvo algunas historias sueltas de diversas personas, entre las que se cuenta el ilustrado Aristóteles o el propio Julio César en sus crónicas de la conquista de las Galias. Tristemente, y como en el caso de otras culturas, los druidas desaparecieron con la llegada y conquista de sus tierras por parte de los romanos.

Haciendo una síntesis entre los escritos que nos dejaron César y Aristóteles, así como de varias referencias a ellos en las mitologías galesas e irlandesas, podemos pensar que existieron tres clases de sacerdotes druidas, unos encargados de la expansión religiosa, otros se dedican a la preservación de las artes literarias y poéticas (bardos en el idioma galés) y un último grupo dedicado a la adivinación (los vates). El derecho a formar parte de ésta orden no era exclusivo de clases ni hereditario, sino que estaba al alcance de cualquiera que quisiera, aunque las pruebas de iniciación no eran precisamente fáciles.

Las artes en las que los druidas se cultivaban engloban campos como la astronomía y la astrología (durante la mayor parte de su historia ambas fueron inseparables), la teología, la anatomía y fisiología, legislatura, mitología e historia. No sólo versados en las artes y las ciencias, los druidas también se entrenaban para el combate, siendo una especie de sacerdotes guerreros. Además de esto, los druidas tenían el poder legislativo, actuando también como jueces e intermediarios en los conflictos internos de su pueblo.

Según las crónicas de Julio César, los druidas eran los grandes guardianes de la cultura celta, la cual se transmitía de manera oral a los iniciados, quedando prohibida la reproducción por escrito de sus mitos y tradiciones. Sus creencias en cuanto a la otra vida incluyen una forma de reencarnación, en la que las almas podían viajar de un cuerpo a otro tras el fallecimiento, lo cual seguramente fue un poderoso incentivo para los guerreros celtas, liberados así del miedo a caer en combate.

Quizá por temor a que su misterio fuese desvelado o por el afán de conservar su legado intacto, lo cierto es que su misterio se perdió con ellos.

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Categorias: Historia de Gales



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